miércoles, 6 de abril de 2022

SIGNIFICADO DE LA GLORIA REFLEJADA EN EL SEMBLANTE DE MOISÉS.

CUARENTA DÍAS con sus noches permaneció Moisés en el monte, y todo este tiempo, como la primera vez, fue milagrosamente sustentado. No se permitió a nadie subir con él, ni durante el tiempo de su ausencia había de acercarse nadie al monte. 

Siguiendo la orden de Dios, había preparado dos tablas de piedra y las había llevado consigo a la cúspide del monte; y el Señor otra vez "escribió en tablas las palabras de la alianza, las diez palabras." Ex. 34:1,4; 28-29). 

NOTALos diez mandamientos eran el "pacto" al cual se refirió el Señor, cuando al proponer que haría alianza con Israel dijo: "Ahora pues, si dierais oído a mi voz, y guardarais mi pacto," etc. (Exo. 19:5). A los diez mandamientos se les llamó pacto de Dios antes de que se hiciera el pacto con Israel. No eran ellos un convenio hecho, sino algo que Dios les mandaba que cumplieran. Así el Decálogo es decir, el pacto de Dios, llegó a ser el fundamento de la alianza hecha entre él e Israel. Los diez mandamientos son, en sus detalles, "todas estas cosas," respecto a las cuales se hizo el pacto. (Véase Exo. 24:8.)

DURANTE EL LARGO TIEMPO que Moisés pasó en comunión con Dios, su rostro había reflejado la gloria de la presencia divina. Sin que él lo supiera, cuando descendió del monte, su rostro resplandecía con una luz deslumbrante. Ese mismo fulgor iluminó el rostro de Esteban cuando fue llevado ante sus jueces; "entonces todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel." (Hech. 6:15).

TANTO AARÓN como el pueblo se apartaron de Moisés, "y tuvieron miedo de llegarse a él." Viendo su terror y confusión, pero ignorando la causa, los instó a que se acercaran. Les traía la promesa de la reconciliación con Dios, y la seguridad de haber sido restituidos a su favor. En su voz no percibieron otra cosa que amor y súplica, y por fin uno de ellos se aventuró a acercarse a él.

DEMASIADO TEMEROSO PARA HABLAR, señaló en silencio el semblante de Moisés y luego hacia el cielo. El gran jefe comprendió. Conscientes de su culpa, sintiéndose todavía objeto del desagrado divino, no podían soportar la luz celestial, que, si hubieran obedecido a Dios, los habría llenado 341 de gozo.

En la culpabilidad hay temor. En cambio, el alma libre de pecado no quiere apartarse de la luz del cielo.

MOISÉS TENÍA MUCHO QUE COMUNICARLES; y compadecido del temor del pueblo, se puso un velo sobre el rostro, y desde entonces continuó haciéndolo cada vez que volvía al campamento después de estar en comunión con Dios.

MEDIANTE ESTE RESPLANDOR, Dios trató de hacer comprender a Israel el carácter santo y exaltado de su ley, y la gloria del Evangelio revelado mediante Cristo.

MIENTRAS Moisés Estaba En El Monte, Dios le dio no sólo las tablas de la ley, SINO TAMBIÉN EL PLAN DE LA SALVACIÓN.

VIO QUE TODOS LOS SÍMBOLOS y tipos de la época judaica prefiguraban el sacrificio de Cristo; y era tanto la luz celestial que brota del Calvario como la gloria de la ley de Dios, lo que hacía fulgurar el rostro de Moisés.

AQUELLA DIVINA ILUMINACIÓN era un símbolo de la gloria del pacto del cual Moisés era el mediador visible, el representante del único Intercesor verdadero.

LA GLORIA REFLEJADA EN EL SEMBLANTE DE MOISÉS representa las bendiciones que, por medio de Cristo, ha de recibir el pueblo que observa los mandamientos de Dios.

ATESTIGUA que cuanto más estrecha sea nuestra comunión con Dios, y cuanto más claro sea nuestro conocimiento de sus requerimientos, tanto más plenamente seremos transfigurados a su imagen, y tanto más pronto llegaremos a ser participantes de la naturaleza divina.

MOISÉS FUE UN SÍMBOLO DE CRISTO. Como intercesor de Israel, veló su rostro, porque el pueblo no soportaba la visión de su gloria; asimismo Cristo, el divino Mediador, veló su divinidad con la humanidad cuando vino a la tierra. Si hubiera venido revestido del resplandor del cielo, no hubiera hallado acceso a los corazones de los hombres, debido al estado pecaminoso de éstos. No habrían podido soportar la gloria de su presencia. Por lo tanto, se humilló a sí mismo, tomando la "semejanza de carne de pecado" (Rom. 8:3), para poder alcanzar y elevar a la raza caída. PP 340-341

 

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