CUARENTA DÍAS con sus noches permaneció Moisés en el monte, y todo este tiempo, como la primera vez, fue milagrosamente sustentado. No se permitió a nadie subir con él, ni durante el tiempo de su ausencia había de acercarse nadie al monte.
Siguiendo la orden de Dios, había preparado dos tablas de piedra y las había llevado consigo a la cúspide del monte; y el Señor otra vez "escribió en tablas las palabras de la alianza, las diez palabras." Ex. 34:1,4; 28-29).
NOTA. Los
diez mandamientos eran el "pacto" al cual se refirió el Señor, cuando
al proponer que haría alianza con Israel dijo: "Ahora pues, si dierais
oído a mi voz, y guardarais mi pacto," etc. (Exo. 19:5). A los diez
mandamientos se les llamó pacto de Dios antes de que se hiciera el pacto con
Israel. No eran ellos un convenio hecho, sino algo que Dios les mandaba que
cumplieran. Así el Decálogo es decir, el pacto de Dios, llegó a ser el
fundamento de la alianza hecha entre él e Israel. Los diez mandamientos son, en
sus detalles, "todas estas cosas," respecto a las cuales se hizo el
pacto. (Véase Exo. 24:8.)
DURANTE
EL LARGO TIEMPO que Moisés pasó en comunión con Dios, su rostro había
reflejado la gloria de la presencia divina. Sin que él lo supiera, cuando
descendió del monte, su rostro resplandecía con una luz deslumbrante. Ese mismo
fulgor iluminó el rostro de Esteban cuando fue llevado ante sus jueces;
"entonces todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos
en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel." (Hech. 6:15).
TANTO AARÓN como el
pueblo se apartaron de Moisés, "y tuvieron miedo de llegarse a él." Viendo su terror y
confusión, pero ignorando la causa, los instó a que se acercaran. Les traía la
promesa de la reconciliación con Dios, y la seguridad de haber sido restituidos
a su favor. En su voz no percibieron otra cosa que amor y súplica, y por fin
uno de ellos se aventuró a acercarse a él.
DEMASIADO TEMEROSO
PARA HABLAR, señaló en silencio
el semblante de Moisés y luego hacia el cielo. El gran jefe comprendió.
Conscientes de su culpa, sintiéndose todavía objeto del desagrado divino, no
podían soportar la luz celestial, que, si hubieran obedecido a Dios, los habría
llenado 341 de gozo.
En la culpabilidad hay temor. En cambio, el alma libre de
pecado no quiere apartarse de la luz del cielo.
MOISÉS TENÍA MUCHO QUE
COMUNICARLES; y compadecido del
temor del pueblo, se puso un velo sobre el rostro, y desde entonces continuó
haciéndolo cada vez que volvía al campamento después de estar en comunión con
Dios.
MEDIANTE ESTE RESPLANDOR, Dios trató de hacer comprender a
Israel el carácter santo y exaltado de su ley, y la gloria del Evangelio
revelado mediante Cristo.
MIENTRAS Moisés Estaba
En El Monte, Dios le dio no sólo las tablas de la ley, SINO TAMBIÉN EL PLAN DE LA
SALVACIÓN.
VIO QUE TODOS LOS
SÍMBOLOS y tipos de la época judaica prefiguraban el sacrificio de Cristo; y era tanto la luz celestial que brota del Calvario como la gloria de la ley de Dios,
lo que hacía fulgurar el rostro de Moisés.
AQUELLA DIVINA
ILUMINACIÓN era un símbolo de la
gloria del pacto del cual Moisés era el mediador visible, el representante del
único Intercesor verdadero.
LA GLORIA REFLEJADA EN EL
SEMBLANTE DE MOISÉS representa las bendiciones que, por medio de Cristo, ha de
recibir el pueblo que observa los mandamientos de Dios.
ATESTIGUA que cuanto más estrecha sea
nuestra comunión con Dios, y cuanto más claro sea nuestro conocimiento de
sus requerimientos, tanto más plenamente seremos transfigurados a su
imagen, y tanto más pronto llegaremos a ser participantes de la naturaleza
divina.
MOISÉS
FUE UN SÍMBOLO DE CRISTO. Como intercesor de Israel, veló su rostro,
porque el pueblo no soportaba la visión de su gloria; asimismo Cristo, el
divino Mediador, veló su divinidad con la humanidad cuando vino a la tierra. Si
hubiera venido revestido del resplandor del cielo, no hubiera hallado acceso a
los corazones de los hombres, debido al estado pecaminoso de éstos. No habrían
podido soportar la gloria de su presencia. Por lo tanto, se humilló a sí mismo,
tomando la "semejanza de carne de pecado" (Rom. 8:3), para poder
alcanzar y elevar a la raza caída. PP 340-341
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